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Réquiem para una Fiesta
18 de Agosto. Los preparativos de la fiesta deberían empezar. Pero cuando llegamos al pueblito de San Rafael a orillas del Lago San Pablo en la provincia de Imbabura, solo encontramos el silencio de un pueblo medio desierto y el tedio, ese compañero inseparable, reflejado en los rostros de unos pocos habitantes.
Y el Teniente Político nos dijo algo que no queríamos oír: la fiesta del Coraza ya no existe. NO fue una lenta desaparición debida al olvido, al desinterés o a la falta de actualidad. ¡No! La fiesta fue simplemente prohibida. Quién y con qué derecho se autorizó a acabar con algo que ni siquiera le pertenecía. Demasiados testimonios concordaban en lo mismo, como para no creerlo.
Hace dos años la Iglesia Católica, casi acabando con una obra empezada hace más de cuatro siglos, impidió la realización de esta fiesta. La razón de tal decisión sería el altísimo costo que representa esta celebración, convirtiéndose así en un factor de empobrecimiento para las familias indígenas del lugar.
El señor Cura de San Rafael llegó hasta a proponer una alternativa aceptable para la Iglesia: realizar la fiesta sin banda de música y sin alcohol. Mas bien no hacer la fiesta; no quuedarían sino máscaras sin movimiento.
Los corazas desaparecerán poco a poco de las memorias. Rica en colores, músicas y danzas además de ser una de las manifestaciones más auténticas de la región, dejaba una lección de moral que no deberíamos despreciar. Cada quien puede tener las atribuciones de un rey y atraerse la veneración de los súbditos; pero no debe olvidar que al atardecer ser destituido por ellos mismos. Ni siquiera un rey tiene la facultad de dominar a los demás.
Se mató a la fiesta; al indígena se le quitó así el derecho a la ilusión de ser rey por un día.